Éstas son las moxas de mi tratamiento guay.
Lo sé, tengo mi blog algo abandonado. Lo siento. No es desidia, es falta de tiempo.
Hace una semana tuve un plan de lujo, de esos que sacamos en TELVA, de esos que cuando les cuento a mis hermanas se mueren de "envidia", uno de esos que son guays.
Fui a Mirache, un centro de belleza con peluquería y salas de estética en las que entras con prisas y decides quedarte a vivir y hacerte todo tipo de cosas maravillosas.
Estuve probando un masaje y un tratamiento de moxitoterapia, una técnica japonesa exquisita.
Como siempre pasa, empiezas el tratamiento y te cuesta abandonarte al masaje, le das vueltas en la cabeza a todas las cosas que hay que hacer- claro, es el único rato de paz que tienes- y cuando por fin te dejas llevar por las sensaciones... se acaba. Salí como nueva.
Llegué a casa, quería comer con los niños y nada más abrir la puerta Jaime se puso a llorar, Álvaro no quería comer, mi marido esperaba paciente y Mijaela, esperaba a que me decidiera a sentarme. ¡No me dejaban!
Cuando por fin se calmaron comí tranquila, eso sí, con Jaime en brazos, y ¿os podéis creer que no me pude tomar el café?
Empezaron de nuevo, se turnaban al llorar, me sentaba en el sofá y ahí los tenía encima, escalando por mis piernas hasta llegar a lo alto de mi cabeza. No quería pegar gritos, ni ponerme dura, venía de estar súper -mega -relajada.
Decidí que lo mejor era llevar a Jaimote a dormir la siesta. Parecía decirme, sí, voy a dormir estando tú en casa. ¡Qué juerga!
Alvarillo entraba una y otra vez en la habitación. Al final, ni relajación ni leches, un grito. De nuevo los llantos. Así que decidí lo siguiente: Alvarillo dormiría a Jaime, o lo que es lo mismo, los encerré a los dos en el mismo dormitorio y que haya suerte. Parece que funcionó. No se durmió, pero ahí lo dejé, con su hermano/ ídolo, muerto de la risa. Volví al salón, a tomarme el café, ya frío, miré el reloj y... hay que salir a recoger a Isabel y volver al trabajo corriendo.
Moraleja: busco plan para la hora de la comida.
30 ene 2012
24 ene 2012
Planes bucólicos
Acabé la semana muerta y con miles de post imaginarios escritos en mi cabeza, de forma algo desordenada, pero de verdad que os escribí, que pena no tener un altavoz de pensamientos para estos casos, que transcriba lo que una piensa.
Acabé la semana con uno de mi planes bucólicos, esos que me rechiflan y que rechiflan a los niños. Nos subimos a Robledo. La tarde del viernes encendimos un fuego en la chimenea y asamos unas patatas, tostamos marshmallows y Álvaro papá y yo no tomamos una refrescante copa, con las complicaciones propias de intentar tomar algo en un vaso de cristal con niños alrededor.
El sábado amaneció un día estupendo, más propio de marzo que de enero, y aprovechamos para hacer una excursión y coger piñas y palos para la chimenea. Cruzamos ríos, limpiamos el bosque y lo pasamos genial. Los niños, los mayores, se divirtieron muchísimo y a nosotros nos vino de perlas el paseo. A Jaime, de momento, en estos planes no le incluimos básicamente porque suele estar dormido cuando por fin nos ponemos en marcha.
El domingo amaneció un día aún mejor. Nos levantamos temprano, para no perder la costumbre, fuimos a Misa y jugamos en el jardín y a la Wii. ¡Menudo invento! Lo mejor es que no les importa no ganar, se lo pasan pipa tirando a Mario y a sus amigos por precipicios digitales.
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