13 dic. 2011

El botón del ascensor

Hoy es uno de esos días... si se pudiera dimitiría.
Jaime, fiel a sí mismo, se ha levantado a las diez horas de acostarse, esto es a las 6.55 de la mañana. Fiel a sí mismo, llorando a pleno pulmón, despertando a toda la familia y probablemente a mis vecinos.

Media hora después nos hemos levantado, desayunado, vestido y cómo no... Isabelilla se ha llevado la palma. Ahí va:

Me retrasado algo en mi rutina diaria y he salido con prisas del baño, que malas son las prisas.

Isabelilla ya estaba lista pero no sé qué estaban poniendo en su canal favorito, creo que el de toda la población infantil de España, que estaba absorta en los dibujos y no ha respondido a la primera a mi llamada: Isabel, nos vamos, tampoco lo ha hecho a la segunda, ni a la tercera. Así que me he despedido de Alvarillo, me ha dado el abrazo de todos los días y me ha dicho su clásico te voy a echar mucho de menos, mamá.

He abierto la puerta, he llamado al ascensor y me he metido.


Isabel seguía con los dibujos.

He asomado la cabeza y la he llamado, por cuarta vez, o quinta. Cuando por fin se ha despegado de la televisión y ha entrado en el ascensor. Le doy al botón 0 y ¡se pone a llorar!  Ay, que mal empezamos...

Ha seguido llorando al menos durante un eterno minuto en lo alto de la escalera del jardín, sin querer bajar. Se han sucedido amenazas desde el final de la escalera, ¡baja!, 'he dicho que bajes, como me hagas subir te llevas un azote.  Mi paciencia para la lucha a las 8.35 de la mañana, cuando llegas tarde al cole, es nula, así que he subido las escaleras y le he dado un azote.

Hemos bajado todas las escaleras del parking llorando, hemos seguido llorando durante el trayecto al colegio y hasta que no ha entrado en clase no ha dejado de llorar. ¡Y todo porque no le ha dado al botón del ascensor!

El día en la oficina no ha sido precisamente relajado, ni siquiera he salido a comer y, del barullo mental que he tenido, me he olvidado de ir a comer a casa de una amiga, así que fatal.

Sales de la oficina pensado que vas a llegar a casa, abrazar a los niños y jugar con ellos un rato... ¿Qué te encuentras cuando llegas? Que efectivamente están tus niños deseando verte. Y a los tres minutos de llegar- no es broma- uno por uno y en orden se ponen a llorar. Que lo haga Jaime, que tiene un año y lo único que quiere es estar en brazos de su madre de pie ( si me siento, llora), es normal.
Que lo haga Alvarillo que está flojo porque sigue con su otitis, vale.
Pero que lo haga Isabelilla después de la panzada a llorar de esta mañana... ¡Se ha llevado un castigo!

Menos mal que la música amansa a las fieras, a mi también, así que he puesto los maravillosos villancicos de Mercedes González Fontán ( una cantaautora amiga de mi hermana) y todo se ha pasado; llantos, peleas, mal humor...
Después de este rato de risas, juegos y bailes se agradece llegar a casa y las ganas de dimitir desaparecen.

Si lo pienso bien, dar al botón del ascensor es de las cosas más divertidas y que "más mayor" les hace sentir a los niños. Mañana esperaré a que ella de al cero.

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